Gregorio Luperón

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Gregorio Luperón (8 de septiembre de 1839 – 21 de mayo de 1897) fue un revolucionario, general militar, empresario, político liberal, masón y estadista dominicano que fue uno de los líderes de la Guerra de Restauración Dominicana. Luperón fue un miembro activo del Triunvirato de 1866, llegando a ser Presidente del Gobierno Provincial en San Felipe de Puerto Plata, y después del exitoso golpe de Estado contra Cesáreo Guillermo, se convirtió en el vigésimo Presidente de la República Dominicana.

Nacido en Puerto Plata en 1839, Luperón pasó sus primeros años como comerciante, donde aprendió francés para acceder a una biblioteca de comerciantes. Su carrera revolucionaria comenzó en 1857, cuando luchó en la Revolución Cibaeña contra Buenaventura Báez. Luperón se opuso a la reincorporación de Santo Domingo al reino español y saltó a la fama en la Guerra de Restauración Dominicana. Llegó a ser el comandante en jefe de la República Dominicana debido a su fuerte sentimiento patriótico y valor. En los años posteriores a la Guerra de los Seis Años, asumió el poder en 1879, reorganizó el gobierno de acuerdo con los principios liberales. Durante su gobierno, incentivó el secularismo en la República Dominicana con la ayuda del Capitán General de Puerto Rico y Eugenio María de Hostos. Sin embargo, Luperón fue exiliado varias veces por oponerse al gobierno despótico de Ulises Heureaux, lo que le provocó arrepentimiento y decepción. Posteriormente asumió la presidencia de un gobierno provisional en Puerto Plata, donde reinaban la paz, la libertad y el progreso.

Luperón es recordado por sus famosas últimas palabras y es uno de los héroes más importantes de la libertad dominicana. Por sus contribuciones, se le considera a menudo el cuarto padre fundador de la República Dominicana.

Vida temprana

Su origen familiar revela al hombre que sobresale por su propio esfuerzo y trasciende condiciones desventajosas. Nacido en Puerto Plata el 8 de septiembre de 1839, no fue reconocido por su padre –Pedro Castellanos, de clase media urbana–, por lo que recibió el apellido de su madre, Nicolasa Duperron, de condición humilde, descendiente de un francés establecido en Santiago de los Caballeros, a principios del siglo XVIII, y de esclavos manumitidos que recibieron ese apellido. Fue el propio Luperón quien tomó la decisión de cambiar el apellido, lo que tradujo un deseo simbólico de autoafirmación. Era de ascendencia mulata; su madre era una inmigrante negra de las Antillas Menores, y su padre era de ascendencia española. La cohabitación fuera del vínculo del matrimonio entre hombres blancos y mujeres negras constituyó una de las claves del proceso de mestizaje, a su vez componente particular de la formación del conglomerado dominicano. Como era común, creció en el ambiente familiar de su madre, y su infancia fue la de un niño pobre que debía trabajar para ayudar al sostenimiento de la familia. Él mismo, en las primeras páginas de Apuntes autobiográficos y apuntes históricos, recuerda haber desempeñado oficios como aguador, panadero, pescador y vendedor de dulces y frutas. Lo anterior no le impidió poder asistir a una de las pocas escuelas de Puerto Plata, dirigida por un súbdito inglés, donde aprendió a leer y escribir y recibió los rudimentos que lo motivaron a superarse culturalmente.

Museo General Gregorio Luperón, calle 12 de Julio, Puerto Plata

Por la precocidad que le dio su temprana incorporación al trabajo, a los 14 años fue nombrado capataz de una tala de caoba del francés Pedro Dubocq, en Jamao, no lejos de Puerto Plata. Sucedió que el dueño era un hombre culto, que había dejado libros en la choza de la corte, siendo Vidas paralelas, de Plutarco, el que más influyó en la formación del joven Goyito, como era conocido por todos. Su personalidad acabó definiéndose en la vida alocada de Jamao, donde se ganó la vida durante seis años. Ya siendo adolescente tuvo que enfrentarse, machete en mano, a un grupo de sinvergüenzas, lo que le granjeó celebridad y ya reveló la valentía como primer atributo de su personalidad. Mientras trabajaba allí, demostró una fuerte fuerza de carácter y un don para que cualquier trabajo que se le asignara se cumpliera de la mejor manera posible. Debido a esto, el señor Dubocq promovió a Gregorio a un puesto de dirección. El señor Dubocq también le permitió a Gregorio pasar tiempo en su biblioteca personal porque Gregorio quería enriquecer su intelecto. Hablaba inglés con fluidez (su madre era una inmigrante negra de las Islas Británicas), tenía un don para la oratoria y en la biblioteca de su empleador pudo comenzar una sólida formación autodidacta.

En 1857, cuando tenía 18 años, se unió a la Revolución Cibaeña contra el segundo gobierno de Buenaventura Báez; tomó parte en los combates de Samaná, el único lugar fuera de Santo Domingo donde los baecistas lograron atrincherarse. Desde entonces se le fijó una aversión insalvable hacia ese personaje, que formaría parte de la trama de su accionar político. En medio del conflicto recibió su primer nombramiento; comandante auxiliar en el puesto de Rincón. Se puede inferir que en 1857 el joven estaba lo suficientemente instruido para identificarse con las propuestas democráticas de los dirigentes santiagueros. También se observa su vocación militar, así como una actitud recurrente: no duró mucho en las funciones militares y administrativas, sino que decidió establecerse como pequeño comerciante en Sabaneta de Yásica, el pueblo más cercano a Jamao. Antes de los 20 años inició la carrera que lo llevaría a ser un burgués adinerado de Puerto Plata.

Masonería

Inició sus estudios de masonería en la Logia Nuevo Mundo No. 5, en la provincia de Santiago de los Caballeros donde alcanzaría el más alto Grado 33 de la Masonería.

El 25 de septiembre de 1867, Luperón se convirtió en miembro sectario de la Comisión de Instalación de la respetable Logia Masónica de Restauración No. 11 en Puerto Plata, convirtiéndose él mismo en uno de sus fundadores y en el primer Orador de la Logia. Su guía y mentor fue el Venerable Maestro Don Pedro Eduardo Dubocq, quien era amigo de Juan Pablo Duarte.

Durante el gobierno de Luperón en 1879, se promovió ampliamente el secularismo con la ayuda de un capitán general español de Puerto Rico, Eugenio María de Hostos.

Héroe de la Guerra de Restauración Dominicana

Inicio de una revolución

Pintura de Luperón en la Guerra de Restauración Dominicana encontrada en El Monumento de Santiago

Mientras su existencia transcurría sin mayores perturbaciones en medio de operaciones comerciales a pequeña escala en Sabaneta de Yásica, la República Dominicana se anexionó a España el 18 de marzo de 1861. Poco tiempo después, estallaron revueltas contra el régimen español implantado. En junio de ese mismo año, Francisco del Rosario Sánchez, uno de los tres líderes responsables de la proclamación de la Primera República Dominicana en 1844, encabezó un levantamiento armado para desafiar a los españoles. Desafortunadamente, su rebelión fue reprimida y él, junto con sus compañeros, fueron fusilados por orden de las fuerzas de ocupación españolas el 4 de julio de 1861. La ejecución causó repercusiones en toda la nación, intensificando aún más el régimen, lo que dio lugar a más complots antiespañoles.

Luperón, como un rayo, decidió dejar constancia de su absoluta oposición al cambio político. Hizo un atrevido llamado a no entregar las armas, pues servirían para recuperar la libertad. El joven tendero rural, gracias a sus lecturas en el inhóspito corte de madera, tenía ya bien definida una personalidad que incluía una beligerante concepción nacional. Cuando le presentaron una copia del manifiesto de apoyo a la anexión, se negó a firmarlo con expresiones altisonantes. De inmediato fue objeto de la persecución del general Juan Suero, el Cid Negro, cacique de Puerto Plata y hasta entonces su amigo personal. Suero allí fue bien evaluado, por lo que lo acosó hasta obligarlo a abandonar el país.

Suero le dijo a Pedro Santana que tenía que matar a Luperón, ya que preveía que, si no lo hacía, sería su víctima en combate. Esto obligó a Luperón a huir al exilio y vagar por Estados Unidos, México y Jamaica. En este último país conoció a un médico homeópata, quien murió en un viaje por mar. Luperón tomó su nombre, heredó su instrumental y se hizo pasar por médico, lo que le dio la cobertura necesaria para regresar al país. El flamante médico Eugenio se instaló en Sabaneta, un poblado cercano a la frontera norte, donde cultivó la amistad del comandante de armas, Santiago Rodríguez Masagó. En ese remoto poblado –registra en Apuntes autobiográficos y apuntes históricos– no había inquietudes revolucionarias. Pacientemente, Luperón sumó gente a una acción de propaganda con el propósito de desatar la insurrección armada. Cuando las medidas extorsivas del régimen español comenzaron a generar descontento entre importantes sectores de la población del Cibao, Luperón pactó con otros conspiradores de la Línea Noroeste iniciar la rebelión. Se nombró jefe a Lucas de Peña y se formó un consejo integrado por Norberto Torres, Ignacio Reyes y Gregorio Luperón, quienes, como líderes, decidieron autoproclamarse generales.

A raíz de la precipitación de Norberto Torres, el 21 de febrero se iniciaron las operaciones militares. Rápidamente, los conspiradores formaron contingentes que se propusieron expulsar a las tropas españolas de la Línea Noroeste. La población de Sabaneta se manifestó en contra del dominio español y se mantuvo como el principal foco del alzamiento. Luperón fue enviado a extender las operaciones en dirección a San José de las Matas, pero se topó con la resistencia de los “serranos”, término utilizado para designar a los habitantes de las estribaciones de la Cordillera Central. Esta actitud demostró que, en febrero de 1863, una porción considerable de la población aún tenía actitudes neutrales o favorables respecto de la anexión, lo que condujo al rápido fracaso del intento insurreccional en Santiago. Las tropas de reserva se mantuvieron leales a la Corona en todo el Cibao. Con el paso de los días, el gobierno tomó la iniciativa y derrotó a los rebeldes.

Algunos se refugiaron en Haití, otros se escondieron y la mayoría optó por presentarse y aprovechar las garantías que ofrecían los gobernantes. Algunos de los que se presentaron fueron fusilados, lo que inauguró el régimen de terror instaurado por el general Buceta y el coronel Campillo, los dos jefes militares españoles en la región. A Luperón no le importó la actitud de la población ante los rebeldes, pues lo único que contaba era su apego a los principios de las buenas causas, aun a riesgo de quedarse solo, como fue la norma constante durante el resto de su vida. Siendo aún joven, fortaleció en él la voluntad de observar rigurosamente los principios, con absoluta independencia de las circunstancias reinantes. De ahí que decidiera no rendirse ni abandonar el país.

Para él, la anexión suponía un estado de inferioridad jurídica y social para los dominicanos y contravenía el derecho a la soberanía. Siguió de cerca los ideales legados por La Trinitaria. La independencia, creía, era el único sistema que podía garantizar la dignidad y la felicidad del pueblo. Su deber no podía ser otro que el de seguir trabajando con toda determinación para reiniciar la lucha, hasta conseguir la libertad. Estaba convencido de que si la mayoría del pueblo pensaba de otro modo era por ignorancia o por la influencia de intereses oscuros, por lo que se vio obligado a oponerse a tal punto de vista. Condenado a muerte en rebeldía, tuvo que abandonar la zona y refugiarse en La Jagua, una zona rural cercana a La Vega. Entabló de nuevo contacto con los patriotas, a la espera de que maduraran de nuevo las condiciones para la rebelión.

Raids de Haití

La zona fronteriza del norte siguió siendo el eslabón territorial más débil de la dominación española. Los exiliados en Haití, comandados por Santiago Rodríguez y Benito Monción, realizaron frecuentes incursiones en los alrededores de Dajabón. José Cabrera, otro de los comandantes de la insurrección de febrero, logró mantener una fuerza guerrillera en territorio dominicano casi todo el tiempo. Esto explica que, a mediados de agosto de 1863, un contingente de exiliados entrara al país y, de inmediato, se extendieran varios focos de rebelión. A los pocos días las tropas “mambises” estaban a las puertas de Santiago, tras arrasar con las guarniciones españolas en toda la región.

Luperón estuvo ausente de lo que sucedía en la Línea del Noroeste, pero en cuanto tuvo noticias se preparó para incorporarse. Cuando los rebeldes aparecieron frente a Santiago, enviaron pequeños contingentes a las regiones vecinas, por lo que la insurrección se extendió a Moca, La Vega y otras poblaciones. Le tocó a Luperón tomar la iniciativa en estos levantamientos, haciendo valer su condición de general. Tan pronto como le fue posible, se incorporó a la jefatura de las operaciones contra Santiago e integró el consejo de jefes integrado por los generales Gaspar Polanco, Ignacio Reyes, Gregorio de Lora y los coroneles Pedro Antonio Pimentel, Benito Monción y José Antonio Salcedo. Este consejo nombró a Polanco comandante en jefe, con base en su antigüedad en el ejército de la extinta República.

Bajo el mando de Polanco, Luperón tomó parte en los acontecimientos que llevaron a la toma de Santiago, al asedio de los anexionistas españoles y dominicanos en la fortaleza de San Luis y en su retirada hacia Puerto Plata. El punto culminante de estas operaciones fue la batalla del 6 de septiembre. Desde su posición en El Meadero, Luperón dirigió un contingente que hostigó a los españoles en torno al fuerte. Más tarde, comandó tropas que intentaron asaltar San Luis, colocándose siempre en primera fila. Hizo tantas muestras de valentía que se ganó la admiración de las tropas. En cierta manera, a su juicio, rivalizó con el general Polanco, pues ambos se enfrentaron en la rebelión de febrero, cuando el ahora general en jefe todavía se mantenía leal al régimen español. La batalla no fue fácil, pese al valor de los mambises, pues los españoles mantuvieron una disposición no menos recia para el combate. Por momentos el desenlace del choque estuvo en duda. En un momento de confusión, Luperón hizo leer un comunicado falso, escrito por él mismo, con información falsificada de que las provincias del sur y del este se habían sublevado. La moral se restableció de inmediato y los patriotas recuperaron la iniciativa. La audacia en situaciones difíciles fue otro atributo de su porte guerrero.

En esos días mostró una actitud intransigente ante los planteamientos encaminados a negociar con los españoles. Exigió enérgicamente que sólo se aceptara la capitulación incondicional de los sitiados en San Luis. Cuando José Antonio Salcedo, aceptó la retirada de los españoles hacia Puerto Plata, Luperón dispuso que a su costa se reiniciaran las hostilidades, lo que abrió la persecución hacia Puerto Plata. Esta intransigencia derivaba de sus concepciones. Se cree que el objetivo de restaurar la República no dejaba espacio para ninguna mediatización. De ahí que también rechazara la sugerencia de Salcedo de llamar a Buenaventura a Báez. Para Luperón, Báez era tan anexionista como Pedro Santana, por lo que a partir de ese momento entró en conflicto con el subrepticio sector baecista del campo restaurador.

De inmediato, José Antonio Salcedo le tomó antipatía y decidió deshacerse de él, tal vez juzgándolo un rival peligroso. Con ocasión del nombramiento del Gobierno Provisional, otro motivo de enfrentamiento con Salcedo. Éste, que había permanecido con Luperón en Santiago, decidió convocar a civiles notables para que eligieran presidente y su gabinete. Según el relato de Luperón, Ulises Francisco Espaillat advirtió que debían estar presentes todos los generales. Cuando Luperón llegó, le informaron de este punto de vista, ante lo cual dijo que se alegraba, ya que había pensado arrestarlos a todos por usurpación de poderes. Ante la seguridad ofrecida por Salcedo de que Polanco había dado su aquiescencia, Luperón aceptó que la reunión continuara. Cuando llegó el momento de la elección del presidente –siempre según su relato–, fue propuesto para la Presidencia, lo que declinó y permitió que Salcedo permaneciera en ese cargo. La elección de Salcedo generó disconformidad en Polanco, quien consideró que se trataba de un procedimiento natural al no ser consultado como general en jefe. Luperón trató de mantenerse al margen de ese tipo de conflictos, pues no le interesaba ocupar cargos distintos a los de jefe de tropa. En su opinión, reducía su actuación a la de un militar temporal, mientras la causa de la libertad requiriera de sus servicios.

Fin de la guerra

En consonancia con esta vocación de servicio, aceptó la designación de gobernador de La Vega. Durante los días que duró en este cargo, fueron evidentes sus consideraciones conciliadoras respecto a sus enemigos. En su momento se le vio como el representante de la posición más radical, lo cual no era exacto, pues su intransigencia se limitaba a la exigencia de independencia. Afirmó el criterio de que la lucha no era contra los españoles, a quienes, aseguró retrospectivamente, veía como hermanos que tenían cabida dentro del país, sino contra el régimen opresor de la anexión. Dentro de esta situación, buscó proteger a los dominicanos que habían huido de las exacciones de algunos jefes rebeldes que se mostraban partidarios de la anexión. Elogió a estos notables urbanos como dominicanos descarriados a los que había que sacar de su error. A pesar de estar en posiciones antagónicas, Luperón los apreció por ver en ellos personas cultas capaces de ser portadores de progreso. Por el contrario, en La Vega empleó procedimientos fuertes para obligarlos a comprometerse con la causa restauradora, y decidió dar un ejemplo intimidatorio fusilando, bajo la acusación de espionaje, a un coronel español que había salido de Santo Domingo con el objetivo de sacarle dinero al pueblo y obtener información.

Al conocerse los preparativos de Pedro Santana para invadir el Cibao, Luperón recibió la orden del gobierno de Santiago de hacerse cargo de las operaciones en las provincias del sur y el este a fin de detener la columna de Santana. Aceptó la encomienda –que lo ponía a cargo del escenario más crítico– con la condición de que se dictara un decreto que pusiera a Santana fuera de la ley por traición y ordenara su ejecución. Previo a su partida, despachó avances en todas direcciones. Llegado al otro lado de El Sillón de la Viuda, montaña que separaba los departamentos de Santo Domingo y La Vega, Luperón entabló combate con las tropas anexionistas comandadas por Santana. Ante la bandera dominicana, el deshonrado general vio desaparecer su aura de invencible. Tras ser derrotado en la Batalla de Arroyo Bermejo por los mambises comandados por Luperón, el viejo tirano, como en ocasiones anteriores, optó por la retirada. Esta vez no le sirvió de mucho, pues dejó el terreno libre para que las guerrillas lideradas por el general Eusebio Manzueta comenzaran a infiltrarse hacia el este.

Luperón estuvo en varios de los frentes en los momentos precisos en que se debatía el curso de los acontecimientos. Después de la batalla de Santiago, su principal labor militar se desarrolló en la jefatura de operaciones en el sur y el este, donde demostró una habilidad en el mando que colocó su aportación entre las más valiosas de todo el curso de la guerra. Su valor al frente de las tropas y su beligerancia nacionalista le granjearon la alta estima de los militares, que llegaron a desoír órdenes gubernamentales, como la impartida por el presidente Salcedo que lo relevó de la jefatura del Frente Oriental. La acción militar de Luperón fue perturbada por Salcedo, quien, movido por los celos, ordenó en dos ocasiones su reemplazo. En la primera ocasión el Presidente tomó el mando del frente en Monte Plata, y cometió costosos errores militares. Casi de inmediato, Luperón fue destinado a reforzar las operaciones en Baní y San Cristóbal, donde contribuyó a la expulsión de los anexionistas. Allí volvió a mostrar una postura conciliadora hacia quienes se habían solidarizado con la anexión, oponiéndose a las acciones depredadoras del general Juan de Jesús Salcedo.

Durante operaciones en las cercanías de Santo Domingo, fue citado por el general Pedro Florentino, designado jefe en San Juan, quien le anunció que había recibido una orden del gobierno para fusilarlo. Florentino, a pesar de su dureza, no quiso cargar con la responsabilidad, por lo que envió a Luperón al Cibao. Al llegar a Santiago y tras entrevistarse con miembros del gobierno, quedó claro que la orden en su contra provenía de Salcedo. Mientras se solucionaba el problema, fue confinado en Sabaneta, donde fue nuevamente citado para reincorporarse a las acciones en el oriente. En la segunda oportunidad de intervenir en las operaciones, Luperón contribuyó a expandir la rebelión a todos los rincones de una región donde Santana aún gozaba de popularidad. Regresó a Santiago debido a su mala salud, minada por meses de estancia en cantones donde apenas se comía, a pesar de estar acostumbrados a la dura existencia en la sierra.

A partir de entonces tomó parte en los acontecimientos que se produjeron en los niveles más altos del gobierno. Aseguró que no renunciaba a su cargo de combatiente sin aspirar a cargos, pero las urgencias de un proceso impetuoso lo obligaron a involucrarse en resoluciones políticas y aceptar cargos desde finales de 1864. Se negó a participar en el movimiento que derrocó a Salcedo, pero una vez consumado el hecho apoyó sin reservas al gobierno de Polanco, pues creía que la guerra recuperaría el vigor perdido en los meses anteriores. Consideró, a posteriori, al gobierno de Polanco como la culminación del proyecto nacional-democrático de la gesta restauradora. Más que nadie, Luperón condenó los intentos del depuesto presidente Salcedo en favor de Báez o de un armisticio con los españoles; sin embargo, en estricta observancia de los principios, fue el único general que protestó públicamente por su ejecución y trató de protegerlo en lo posible.

Cuando cayó Polanco, Luperón fue propuesto para la presidencia por un consejo de generales reunido en Santiago, propuesta que él declinó nuevamente. Sin embargo, para no romper la cohesión del campo restaurador, se vio obligado a participar en el gobierno provisional presidido por Benigno Filomeno de Rojas, en el que ocupó la vicepresidencia y la presidencia interina debido a la enfermedad del titular y a su temor a enfrentar las exigencias de los generales. Parece que, en esas circunstancias, cuando las rivalidades y las ambiciones comenzaron a manifestarse, trató de sobrevivir dentro de un delicado equilibrio, consciente de su debilidad y de su responsabilidad de ayudar a que los objetivos en juego no se desvirtuaran. Al mismo tiempo, trató de mantener su independencia, por lo que se negó a aceptar más cargos, cuando Pimentel era presidente.

Segunda República Dominicana

Oposición a Báez

General Luperon en 1866

Una vez terminada la guerra, en julio de 1865, lo único que Luperón se propuso fue establecer una casa comercial sobre las ruinas de Puerto Plata. Pensando que el futuro del país estaba claro, parece que por un breve tiempo llegó a la conclusión de que su compromiso político había terminado. Dice que se fortaleció su convicción sobre el carácter terrible de la actividad política, por lo que la contribución al desarrollo del país lo haría desde la posición de burgués. Tal inclinación no pudo mantenerse por mucho tiempo, pues en octubre de 1865, apenas tres meses después de la evacuación de las tropas españolas, el general restaurador Pedro Guillermo encabezó un motín en Hato Mayor a favor de Báez. Lo que más temía Luperón era el regreso de Báez, que representaba un peligro para la nación.

Por desgracia, casi nadie compartía su punto de vista, pues los campos entre los partidos aún no estaban trazados y no se vislumbraba obstáculo alguno para que el hombre que había ostentado el cargo de mariscal de campo del ejército español durante la guerra volviera a la presidencia. La gran mayoría de los jefes militares de la Restauración se plegaron a la estrella ascendente del veterano anexionista. El presidente José María Cabral, seguidor de Báez en 1857, se inclinó ante los hechos y fue a buscar a su antiguo jefe en Curazao para ofrecerle la presidencia.

En su intento de oposición armada a Báez, a finales de 1865, Luperón sólo contaba, entre los líderes de la Restauración, con el apoyo de Benito Monción y Gaspar Polanco, pero ambos decidieron rápidamente abandonar la rebelión, lo que precipitó su fracaso. Desde el exilio, Luperón siguió impulsando movimientos contra el gobierno y finalmente llegó a un acuerdo con Manuel Rodríguez Objío, quien había aceptado el cargo de delegado del gobierno en Puerto Plata. Esto promovió el levantamiento de la ciudad, que le permitió recibir a Luperón como héroe. Inmediatamente ambos iniciaron las acciones que llevaron al derrocamiento del gobierno. En el sur, el expresidente Cabral, tras renunciar a su cargo de secretario de Guerra, inicia las operaciones contra Báez. El exmariscal de campo tuvo que abandonar el poder, aunque por poco tiempo.

Luperón se dio cuenta de que debía intervenir para normalizar la situación política, a fin de resolver las aspiraciones conflictivas de Cabral y Pimentel, entonces los dos hombres más poderosos surgidos de la Restauración. Para ello formó parte por segunda vez de un gobierno provisional, el Triunvirato, junto a Federico de Jesús García y Pedro Pimentel, que tenía la misión de organizar las elecciones. A pesar del desprecio que Cabral merecía, Luperón no tuvo más remedio que reconocer su popularidad cuando ganó el torneo electoral.

Una vez concluida la intervención en la reorganización del gobierno, volvió a ocuparse de las actividades comerciales en Puerto Plata, aunque reaccionó a la recuperación de la popularidad de Báez aceptando colaborar con el gobierno del Cibao. Se involucró nuevamente en la actividad política motivado por la consideración de que la independencia nacional estaría en peligro si Báez regresaba a la presidencia. Sin embargo, no pudo lograr una cohesión de propósitos con otros líderes importantes surgidos de la Restauración. A diferencia del baecismo, compactado en torno a la lealtad al líder supremo, los liberales se dividían entre varios jefes militares, cada uno de los cuales contaba con una cohorte de seguidores. De los tres líderes, en ese momento Luperón era el que tenía menos influencia, pero compensaba esta debilidad con su voluntad y la superior coherencia de sus planteamientos.

Como era de temer, las inconsistencias del gobierno de Cabral llevaron pronto a que los partidarios de Báez volvieran a rebelarse, sobre todo en el Cibao, donde contaban con el apoyo mayoritario de los campesinos. El guerrero burgués puertoplatense encabezó la posición de los sectores de clase media urbana a favor del gobierno de Cabral, y se enfrentó a lo que él mismo llamó una insurrección rural. Se hizo evidente que su infidelidad se limitaba esencialmente a los medios de comunicación de su ciudad natal, en gran medida gracias a las relaciones primarias. Combatiendo el baecismo en armas, recibió información de que el gobierno de Cabral estaba en negociaciones con Estados Unidos para arrendar la península de Samaná a cambio de recursos, en armas y dinero en efectivo, que garantizaran la supervivencia. Decidió abandonar el país y protestar, enviando una carta al presidente Cabral en la que anunciaba su disposición a combatirlo.

Propuesta de anexo, preparación para el levantamiento y seis años Guerra

A principios de 1868, había caído el segundo gobierno de Cabral, y con Báez nuevamente en la presidencia, todos los hombres dirigentes del Partido Azul tuvieron que abandonar el país. Las relaciones entre jefes se caracterizaron por la desconfianza. Luperón consideró que Cabral carecía de condiciones para liderar a la oposición, habiendo dado muestras de traicionar los principios, por lo que se nombró jefe supremo de los ejércitos nacionales, cosa que también hicieron Cabral y Pimentel. Cada uno de estos líderes operó por su cuenta, aunque algunos intelectuales, como José Gabriel García, buscaron armonizar los intereses en pugna. Tuvo que ser el presidente haitiano Nissage Saget quien logró poner de acuerdo a los tres líderes mediante un manifiesto fechado en Saint Marc el 17 de abril de 1869, firmado también por los principales jefes militares y políticos liberales que se disponían a invadir el país. Este acuerdo fue factible como respuesta a los esfuerzos del gobierno por enajenar a Samaná y luego anexar el país a los Estados Unidos. Además de la intermediación del presidente haitiano, el deseo de unidad aumentó entre los expulsados azules, conscientes de que las rivalidades en su zona retroalimentaban la fuerza del enemigo.

Mientras Cabral entraba por la frontera sur, donde fue recibido por el general Timoteo Ogando –quien ya libraba una formidable oposición guerrillera a Báez–, Luperón se dirigió a Saint Thomas para reunir recursos entre los comerciantes que tenían negocios en República Dominicana y temían perder el mercado si se concretaba la anexión a los Estados Unidos. Para ello, con el dinero prestado por estos comerciantes, Luperón adquirió el vapor El Telégrafo, al que armó y bautizó Restauración. Le acompañaban algunos de sus más fieles seguidores y otros destacados políticos azules, como los generales Marcos Evangelista Adón, Severo Gómez (ex albañil de su casa), Segundo Imbert, Juan Belisario Curiel, Pedro Casimiro y Pablo Pujol.

Los ocupantes del buque intentaron sin éxito tomar Puerto Plata, tras lo cual se dirigieron a Samaná con el fin de establecer un gobierno en armas. Tuvieron que batallar durante un mes contra sus habitantes, favorables al gobierno. La suerte de El Telégrafo confirmó que Báez seguía gozando de un apoyo mayoritario en el Cibao y que los azules contaban con tan pocos seguidores que no intentaron movilizarse. Antes de abandonar el buque en posesión británica, Luperón consideró conveniente dirigirse al sur, donde Cabral ya había consolidado los destacamentos guerrilleros. Ambos líderes azules celebraron una conferencia en Barahona, que no tuvo éxito en avanzar en la coordinación de actividades, sino más bien en profundizar sus diferencias. Cabral se negó a considerar el plan de Luperón de avanzar sobre Santo Domingo, argumentando que carecía de los efectivos para lograrlo. El Telégrafo fue declarado barco pirata por el gobierno de Báez, quien calificó a Luperón de bandido. El gobierno de los Estados Unidos, decidido a apoderarse del territorio dominicano desde finales de 1869, aprovechó esta circunstancia, por lo que los patriotas tuvieron que librar combate con un barco de ese país. Luego de la expedición, Luperón envió una vibrante carta al presidente Ulysses S. Grant que lo posicionaba, más allá de su condición de héroe, como precursor de la oposición al expansionismo estadounidense. En esa misiva escribe:

Hoy Repito nuestra protesta de nuevo, no más vacilante debido a la duda, pero horrorizado por la consumación de un acto violento y convencido de que un mal manejo de la ley quiere decidir el destino de mi país.

El general Sickies representó intereses estadounidenses en Madrid, y allí mostró conducta que le ganó el aplauso de su país. Así, yo y mis numerosos expatriados también represento el interés de la República Dominicana, y debemos hablar con usted en el lenguaje de la franqueza.

España, a pesar de su tradicional quixotismo, rechazó la petición indigno de los Báez disminuidos y, en nuestra opinión, la conducta del gobierno español fue más honesta que la tuya.

El gobierno americano ha progresado en una combinación injusta, se ha aliado con el traidor Báez para perseguir a los buenos ciudadanos y aniquilar la independencia dominicana.

Su Excelencia tenía la debilidad del orden, de autorizar la destrucción del Telegraph, dando lugar al decreto inmoral del mercenario Senado de Báez.

Sr. Presidente Grant: Si ambos apelamos a un juicio imparcial de las naciones cultivadas y preguntamos quién era el verdadero pirata, entre el General Luperón, que montó el vapor Telegrafo, tratando de salvar la integridad territorial de la tierra donde nació, o el Presidente Grant, que envió a sus transbordadores a buscar refugio en Samaná, sin autorización previa del Congreso Americano, la solución no sería, en mi opinión, muy difícil.

Sr. Presidente, Su Excelencia ha abusado de la fuerza para proteger la corrupción más baja. Y si es cierto que es humillante para el pueblo dominicano tener líderes tan traidores, no es menos improbable para el gran pueblo estadounidense que su gobierno consiente con tales reducciones ruinosas.

¡Para ambas naciones el hecho es vergonzoso!

En esta tarea degradante, los traidores pierden tiempo, trabajo y honor; tarde o temprano se restablecen los hechos. Las estafas de este tipo no tienen futuro, una Nación, no importa cuán pequeña, no puede ser borrada, como una huella estampada en arena. El Gobierno norteamericano notificó a los franceses en 1866 que su estancia en México era una amenaza para América; el pueblo dominicano pensaba lo mismo, y nuestro Congreso otorgó a los novicados Juárez el título de Benemérito de América. Ahora, ¿no serán las usurpaciones de su Gobierno una amenaza para Estados Unidos? La ignorancia y la traición son las causas originarias de todos nuestros males; Hay pueblos que se retiran incesantemente, utilizando experiencia para aumentar sus desgracias, para empeorar continuamente.

Los dominicanos estamos endeudados a Santana y Báez por esta condición: ¿Por qué quiere aprovecharlo? Eso no es digno de la gente que debe ser el protector de nuestro progreso. La doctrina repetida de Monroe tiene sus vicios y sus delirios. Creemos que América debe pertenecer a sí misma, y lejos de cualquier influencia europea, viviendo como el viejo mundo, con su propio vino, local e independiente; pero no creemos que América debe ser Yankee.

De un hecho a otro hay una gran distancia que no puede ser puenteada. Sabemos la respuesta que Washington dio a los ingleses cuando le pidieron un puerto en la costa norte para establecer una escala: "Cada pulgada de territorio americano costó a la gente una gota de sangre." "La República Dominicana es un pequeño pedazo de tierra, que ha traído grandes calamidades a las naciones que han intentado usurparla".

El fracaso de El Telégrafo no desanimó a Luperón, quien tiempo después entró al país por la frontera, al frente de apenas 45 hombres. Contaba con el apoyo de algunos generales de la zona que no se concretó, lo que determinó el fracaso de la compañía.

Guerra de post-seis años

Como se sabe, el gobierno de los Seis Años cayó como consecuencia del descontento de sus propios seguidores, y no por la acción armada de los azules. El 25 de noviembre de 1873 se sublevaron los generales Ignacio María González y Manuel Altagracia Cáceres, principales dirigentes baecistas del Cibao. González permaneció en la presidencia, a partir de la cual formó una tercera tendencia política, que se conoció con el color verde, con el que manifestó la voluntad de superar la terrible diferencia entre rojos y azules. Ahora bien, aunque al principio gozaban de la simpatía de una parte de los azules, los verdes no eran más que un desprendimiento de los rojos, por lo que renovaron su comportamiento caudillista. Muy pronto surgió un conflicto insalvable entre Luperón y el presidente González. La influencia de Luperón dentro del país quedó limitada, limitada sobre todo a Puerto Plata, con excepción de un pequeño número de intelectuales y políticos liberales que lo apreciaban como el exponente de principios en el campo de la guerra.

Tras la caída de Báez, durante varios meses González logró mantener fuera del país a Luperón, así como a Cabral y Pimentel. González ganó popularidad por el desgaste de Báez y por inaugurar un período que superó la polarización mortal entre las banderas. Pero, al intentar desplazar por completo a los azules, entró en conflicto con Luperón. Aunque inicialmente reiteró su deseo de distanciarse de la política, en los hechos permaneció como único líder de los azules, condición que se definió exclusivamente en el terreno de la guerra, ya que Cabral sí hizo efectiva su retirada y Pimentel murió en Haití por complicaciones debido a la herida recibida en una de las incursiones por frontera.

El conflicto estalló debido a la exigencia de Luperón de que reconociera como deuda nacional la suma de 170.000 pesos que había tomado prestados principalmente de comerciantes de Saint Thomas para financiar la adquisición de El Telégrafo y el armamento correspondiente. En un principio, González declaró que estaba de acuerdo en reconocer ese compromiso, pero al final dejó claro que no estaba de acuerdo, bajo la premisa de que ello fortalecería a Luperón. Según esto, González inauguró un nuevo estilo de soborno a los generales, por lo que probablemente calculó que requeriría de los recursos en cuestión para consolidar su poder. En Puerto Plata ocurrieron incidentes que enfrentaron a las autoridades locales con Luperón, quien tuvo que repeler un ataque, atrincherado en su casa con unos pocos amigos. Logró mantenerse gracias al apoyo que obtuvo de los sectores que lo veían como un paladín de la patria y un ciudadano respetable y dedicado a sus actividades comerciales.

La disputa entre Luperón y González llevó a este último a procedimientos autoritarios extremos, hasta el punto de que un grupo de prestigiosos ciudadanos de Santiago abrió una acusación formal contra el mandatario. La voz líder de este movimiento, que pasó a tomar el nombre de La Evolución, fue asumida por Manuel de Jesús de Peña y Reynoso. Luperón se hizo cargo de las operaciones de desconocimiento del gobierno e hizo nombrar a su íntimo amigo, Alfredo Deetjen, como presidente provisional con sede en Santiago. González tuvo que desistir de iniciar una guerra civil; se convocaron elecciones y fue elegido Ulises Francisco Espaillat, que representaba el sentir de los azules, aunque estaba decidido a superar la competencia entre los partidos.

En ese momento la correlación de fuerzas puede resumirse de la siguiente manera: los sectores urbanos más influyentes del Cibao ya estaban claramente alineados detrás de Luperón y los azules. Pero, por el contrario, la masa rural del pueblo se mantenía obediente a los dictados de los líderes, la mayoría de los cuales eran hostiles a los azules y a Luperón en particular; además, el grueso de los sectores dirigentes de la banda sur todavía veían a los azules como exponentes de un interés regionalista cibaeño, por lo que mantenían el apoyo a los viejos líderes caudillistas. El nuevo presidente obtuvo un consenso favorable, pero se vio obligado a contar en primer lugar con liberales reconocidos, mientras que su disposición a eliminar las compensaciones que González otorgaba a los jefes militares provocó que estos tomaran animosidad hacia él.

Luperón aceptó formar parte del gabinete de Espaillat, como secretario de Guerra, lo que también contribuyó a detonar la hostilidad de los dirigentes. Cuando éstos se rebelaron en el Cibao, Luperón consideró que su puesto en defensa del gobierno estaba en Puerto Plata. Entró en conflicto con otros miembros del gabinete porque consideró que había una mala conducción de la política gubernamental y de las operaciones militares. Una de las razones del desacuerdo radicó en su defensa de los intereses de los comerciantes compuñeses que habían otorgado préstamos al gobierno y, antes, al bando azul, argumentando que su apoyo era indispensable y que la reforma financiera de Mariano Cestero los condenaba a la ruina.

Caída de Espaillat del poder, retorno de Báez

El gobierno de Espaillat cayó a fines de 1876, y poco después Báez regresó por última vez. En esa ocasión Luperón no quiso pronunciarse en contra de su archienemigo, tal vez por temor a ser tildado de revolucionario díscolo, ya que, ávidos de que reinara la paz, no pocos intelectuales azules brindaron apoyo al caudillo rojo, quien pretendía con palabras adherirse a los principios democráticos. Báez cayó debido a la coalición de varias fuerzas, brilló temporalmente Cesáreo Guillermo, quien encabezó la insurrección en el oriente del país. En esa situación, Luperón era consciente de que carecía del apoyo necesario para tomar el poder y sostenerlo, por lo que mantuvo una postura discreta, cálculo que justificó con el perenne argumento de su desinterés en ocupar la presidencia. En realidad, en esas circunstancias operó como un líder más, consciente de la animadversión que le profesaban casi todos los demás dirigentes, apegado a intereses particulares aunque con la ventaja de representar una opción racional que prometía garantizar un orden y unos principios que nadie se atrevía a rebatir expresamente. Sólo tenía que esperar a que sus rivales se desgastaran, así que negoció posiciones ventajosas en su bastión de Puerto Plata y dejó a sus subordinados en libertad de colaborar con el gobierno de Guillermo. Pero, al regresar de su segundo viaje a Europa, se encontró con que el Presidente violaba sus promesas y se encaminaba a instaurar una tiranía, consideración que incluía la intención de lograr el control de la aduana de Puerto Plata, la más importante del país, medida que hubiera dejado a Luperón falto de recursos de poder.

Presidente provisional: 1879-1880

Al frente de sus más fieles seguidores en Puerto Plata, Luperón lanzó un manifiesto, el 6 de octubre de 1879, en el que desconocía el gobierno de Guillermo por sus pretensiones tiránicas. Consciente de la debilidad de su rival, ni siquiera se molestó en dirigir las fuerzas enviadas a Santo Domingo, que quedaron bajo el mando de Ulises Heureaux, quien en años anteriores se había perfilado como su lugarteniente más capaz, sobre todo en acciones militares. Este triunfo se ratificó de manera natural, expresión de la erosión de las opciones de poder opositor, mediante el apoyo de figuras influyentes de todas las ciudades –algunas no precisamente caracterizadas por la relación con el Partido Azul, como Eugenio de Marchena en Azua y Benito Monción en Monte Cristi.

Al anunciar el derrocamiento de Guillermo, por primera vez Luperón aceptó ocupar la presidencia provisional, consciente de que se requería de su intervención personal para reencauzar los asuntos del país y contribuir a abrir la senda del progreso. Seguramente también calculó que el desgaste de sus adversarios despejaría el camino para una era de paz, en la que sería posible aplicar el proyecto nacional-liberal. Su paso por la presidencia, sin embargo, revela que no estaba dispuesto a asumir todas las consecuencias del poder. Por un lado, no aceptó abandonar Puerto Plata, tanto por apego a la tierra como por no sacrificar las operaciones comerciales en las que estaba involucrado. Hasta donde se puede intuir, veía el poder como un hecho circunstancial y le otorgaba el menor significado posible. Tal consideración creaba un terreno de debilidad al futuro del proyecto que sustentaba. Adicionalmente, su presidencia representó la culminación de la preeminencia económica del Cibao, durante décadas en pugna contra el centralismo de Santo Domingo. Esto ocurrió justo cuando el tabaco, sustento de la economía cibaeña, entraba en una pronunciada crisis. En esas condiciones críticas, el aferrado a Puerto Plata delataba indiferencia hacia el poder personal. Delegó los asuntos cotidianos del poder en su lugarteniente Ulises Heureaux, delegado en Santo Domingo y secretario de Guerra. Se creó así un precedente de doble poder, aunque durante el gobierno provisional de Puerto Plata no generó fricciones de ninguna clase. Luperón estaba convencido de que el país entraba en una era irreversible de progreso y que su única responsabilidad para que no hubiera retrocesos estaba en escoger al candidato ideal para la presidencia, tanto en condiciones morales como intelectuales.

Algunos historiadores han sostenido que el aferramiento de Luperón a su residencia en Puerto Plata estuvo motivado por el uso discrecional que hacía de los recursos aduaneros recaudados en la ciudad, entonces la más importante del país. Aunque, ciertamente, el héroe realizó tratos personales con los recursos aduaneros, el criterio se basa en una simplificación excesiva. En ningún momento, en verdad, el amor a los negocios prevaleció sobre el afán de gloria. Por otra parte, a partir de esa misma época se exageraron las dimensiones de las operaciones y el monto de la fortuna de Luperón. El origen de ésta no provino de usos ilegales del poder ni de ninguna otra forma de corrupción, sino de su capacidad individual para los negocios, aunque favorecida por la autoridad que emanaba de su nombre. Nunca admitió incompatibilidad entre las funciones políticas, que no deseaba ejercer, y las operaciones comerciales o productivas, que consideraba fundamento de la existencia del ciudadano. En línea con lo anterior, aunque mantuvo su negativa a ejercer el poder personal, se propuso ejercer la rectoría en las directrices esenciales y de largo plazo del Estado. No pretendía manejar a los presidentes, sino más bien establecerles un marco de referencia sobre lo que debían hacer. La prueba es que, apenas concluyó su interinato como presidente y entregó el cargo al sacerdote Fernando Arturo de Meriño, regresó a Europa, aceptando ejercer como enviado plenipotenciario del país.

Durante la presidencia, aunque dejó las tareas ejecutivas en manos de Heureaux, Luperón dio al gobierno directrices acordes con sus convicciones. Entre ellas, la importancia dada a la educación, con la Escuela Normal de Santo Domingo a cuya cabeza fue designado Eugenio María de Hostos. El privilegio de la cultura, dentro de las difíciles condiciones financieras que atravesaba el país, se expresó en la disposición de que cada publicación periódica recibiera un subsidio de 40 pesos mensuales y cada libro el 25% del costo de su publicación. Pero más que medidas activas, como presidente, entendió que era necesario garantizar un clima de libertades y enfatizar la seguridad de la propiedad, en contraposición al desorden de los dirigentes. Según los preceptos elaborados por los liberales de esa época, bastaba que el sistema político funcionara adecuadamente para que el país encaminara el camino del progreso. Enfatizó en el respeto al poder judicial como base del Estado de derecho.

De todas formas, el Gobierno Provisional adoptó medidas tentativas que apuntaban a la regularización económica. En ese sentido, se procedió a pagar los salarios atrasados y a tratar de que todos los servidores públicos recibieran puntualmente sus sueldos. Entendiendo el funcionamiento de las Juntas de Crédito, el Presidente ordenó la cancelación de las cuentas pendientes con esas entidades y otros prestamistas, al tiempo que consolidó las deudas internacionales reconociendo un interés del 2% mensual. Para lograr un aumento de los ingresos fiscales, impulsó una ley de timbres, que no pudo aplicarse por la oposición del Congreso. En su lugar, se aprobó de inmediato una variación arancelaria: se redujeron los impuestos a la importación de un promedio de 55% a 35%, mientras que en nombre de un supuesto de equidad se duplicó el impuesto a las exportaciones de azúcar y de café y cacao con un 50% adicional. Es notable que el único producto no gravado fue el tabaco, aunque el gobierno no lo argumentó.

Como presidente, el héroe tuvo que afrontar problemas más delicados como la exigencia de fortalecer el Estado y la salvaguarda de las libertades, la demanda de recursos financieros para aplicar políticas públicas en un país agotado por las pasadas guerras de los caudillos. Experimentó en carne propia el conflicto entre la mentalidad de la mayoría de la población, que depositaba todas sus expectativas en la acción del Estado, y su renuencia a pagar impuestos.

Otro punto que le mortificaba era el de la organización militar. Guiado por la certeza de que el país contaba con los recursos para mantener una plena independencia frente a las potencias internacionales, comprendió que era urgente fortalecer el aparato estatal, en primer lugar mediante una fuerza militar capaz de hacer frente a las recientes innovaciones en materia de armamentos. Estaba convencido de que el país requería de una fuerza armada permanente, tanto para mantener a raya a los caudillos como para defender la soberanía. Pero constataba que la mayoría de los integrantes de la fuerza operaban como forajidos dedicados a extorsionar a la población pobre. Era consciente, además, de que un ejército fuerte entrañaba un grave peligro para la democracia y, en general, un Estado fuerte contradecía su fe en la soberanía individual del ciudadano. Como tal, como presidente provisional, dedicará esfuerzos a la modernización del ejército y a la reorganización de la Guardia Nacional, procediendo a construir cuarteles e importar armas y uniformes.

Presidencia de Fernando Arturo de Meriño

Cuando su carrera política estaba culminando, como el hombre más poderoso del país, Luperón soltó una serie de cavilaciones que evidenciaban un agravamiento del desencanto que lo aquejaba desde hacía años. Al presentar la candidatura de Fernando Arturo de Meriño, se despidió del poder con un dejo de amargura, al afirmar: “las desilusiones que he sufrido en mi larga carrera política han enfermado mi espíritu, y me siento incapaz de soportar el peso abrumador del Poder Judicial Supremo del Estado”. Aunque no abandonó su fe en los principios, lo invadieron las dudas sobre la calidad moral de los dominicanos para ser agentes de libertad y progreso. Incluso señaló que muchos de sus compañeros cercanos carecían de cualquier activo valioso y solo buscaban prosperar, sin importarle las consecuencias. Quedó en un aprieto, pues figuras de esa apariencia formaban parte del aparato a través del cual ejercía su hegemonía. Sin embargo, al final vio estos problemas como menores, convencido de que el progreso eliminaría tales miserias y que su autoridad moral frenaría cualquier deseo desordenado. Sin lugar a dudas, estaba convencido de que el único camino era el de la democracia y la salvaguarda de la soberanía, para lo cual era necesario impulsar la modernización económica.

Para él era incontrovertible que el capitalismo se identificaba con la modernidad deseable. Sus convicciones burguesas estaban consolidadas, lo que se hizo evidente cuando anunció el abandono de las actividades comerciales para destinar su capital al desarrollo de un ingenio azucarero junto con socios de Puerto Plata. Asimismo, durante su gobierno y en los posteriores del Partido Azul, se otorgaron franquicias que implicaban ventajas a los inversionistas de capital. Luperón estaba convencido de la virtud de esa estrategia para alcanzar el progreso. Pero en ella estaba el germen de un orden oligárquico que generó críticas tempranas entre los jóvenes intelectuales, a quienes reprendió duramente, llamándolos “visionarios” y “socialistas”, ya que los presentaba como factores de discordia en una época en la que, según afirmaba, no había principios que discutir. Empapado de la experiencia francesa, donde unos años antes los obreros habían instaurado la Comuna de París, Luperón llegó al extremo de calificar al socialismo como la peor de las tiranías.

Esto último no significa que adoptara una postura reaccionaria. Más bien, trató de armonizar las exigencias del desarrollo capitalista con la conservación de los preceptos de la equidad social. Todavía creía viable un proyecto de desarrollo capitalista que garantizara la independencia, la democracia y el bienestar de todos. De ahí que no sea sorprendente su apreciación del orden nacional benéfico en contraste con el del Estado: “Y aunque la República, tal como la hicieron sus fundadores, es despótica y opresora, la nación, tal como la ha hecho la Providencia, es socialista, hasta tal punto que cincuenta años de tortura no han bastado para destruir la igualdad social”."

En esos años se consolidó su posición liberal. Aspiraba al predominio del ciudadano particular, epítome del burgués y, por tanto, agente del progreso. Situó su papel rector en ayudar a anticipar el arquetipo del ciudadano deseable del futuro, símil del que se encuentra en los países desarrollados. Sus viajes confirmaron la certeza de que la civilización moderna constituía el destino inevitable, dada la evidencia de que los demás esquemas de la sociedad mostraban un equilibrio de despotismo y superstición.

Luperón no ocultó su desdén por la cultura popular de los dominicos, precisamente porque a su juicio constituía el lastre que había que desarraigar para alcanzar el progreso. Esta consideración le hizo participar de la panacea, compartida por liberales y conservadores, de la inmigración europea como clave para promover el progreso. Ese mismo año, Luperón asistió a un banquete en Francia, donde en París fue proclamado Presidente Honorario de las Sociedades Salvadores de Sena y Salvadores de Francia, aparte de ser también condecorado con la Legión de Honor. En este cargo, realizó gestiones para atraer un flujo de judíos rusos. Su propia evolución muestra un tenaz propósito de superación personal, a fin de alcanzar la dignidad del hombre blanco, que sinceramente aspiraba a que el común de los dominicos imitara. Tal empeño explica la tenacidad con que corrigió la dicción, los gestos, los hábitos en la mesa y el estilo de escritura. Si bien es cierto que nunca alcanzó la sistematicidad de un intelectual y que no alcanzó un adecuado dominio del lenguaje escrito, sí alcanzó el nivel de reflexión propio de los intelectuales, al menos en los ámbitos que tocaban las políticas públicas. En el entorno de los líderes políticos decimonónicos, destaca por su disposición a exponer sus ideas de manera formal. Báez era más culto que él, y Heureaux era más inteligente, pero ninguno de los dos dejó una obra literaria. Las Anotaciones autobiográficas y las Anotaciones históricas pueden catalogarse como uno de los monumentos literarios dominicanos, de una calidad esencial que ningún otro político ha emulado hasta la fecha.

La comparación que hace reiteradamente entre los déspotas dominicanos y África, vista como el reino por excelencia del despotismo y el atraso. En el mismo orden es posible colocar sus diatribas a la comunidad haitiana, aquejada, según él, de males inherentes; juicios que en otras ocasiones relativizó, reconociendo la virtud del nacionalismo haitiano, especialmente de algunas figuras que merecían su aprecio, y manifestó la consideración de que los dos países se beneficiarían de una alianza para enfrentar el expansionismo norteamericano. En el extremo opuesto, Francia brilló siempre a sus ojos como la encarnación del progreso, el lugar donde decía sentirse realizado, lejos de las mezquindades de la política. Tardíamente, para su sorpresa, descubrió que los republicanos burgueses franceses también adolecían de defectos comparables a los de los primitivos políticos dominicanos.

Trastorno del equilibrio de poder y ascenso de Ulises Heureaux

Cuando terminaba el Gobierno Provisional de Puerto Plata, Luperón escribió a Pedro Francisco Bonó proponiéndole que aceptara la candidatura a la presidencia. Sabía que Bonó era el intelectual más ilustrado de la época, y el hecho de que quisiera que asumiera la jefatura indica que estaba penetrado de buena fe y no albergaba doblez en su desinterés por los asuntos de poder. Bonó declinó, no por temor a que le sucediera lo mismo que a su amigo Ulises Espaillat, como se ha dicho, sino por divergencias con el concepto de desarrollo que compartían los sectores sociales dirigentes y los jerarcas azules. En dos ocasiones Luperón volvió a pedir al intelectual aislado que reconsiderara su posición, y en una de ellas Bonó le explicó con franqueza su repudio al concepto de “progreso” en boga, pues entrañaba la proletarización del pequeño campesinado, a su juicio la base social del país. Lo que estaba en juego era una crítica al esquema liberal oligárquico que empezaba a funcionar bajo la égida de los azules, incluso por encima de las buenas intenciones de Luperón y de una parte de los intelectuales que apoyaban su preeminencia, imbuidos de espíritu democrático. Bonó se adelantó a su tiempo, por lo que parece que sus críticas excedieron la capacidad intelectual de Luperón, quien en su respuesta se contentó con ratificar su visión de las tareas que le esperaban al país para culminar un proceso de institucionalización que despejara los obstáculos al progreso.

En una carta posterior, Bonó expresó consideraciones críticas sobre Heureaux, a lo que Luperón respondió ratificando la confianza que le generaba su delfín. Como muchos, Bonó percibía a Heureaux como portador del estilo oligárquico, la violencia despótica y la corrupción administrativa. Luperón, en cambio, lo consideraba: “Un militar hábil, activo, valeroso, audaz, preparado, táctico, disciplinado, atento, capaz de ejecutar cualquier maniobra, hábil y astuto […]”, aunque añadía: “Hombre, sin embargo, sin ningún principio político, muy hábil para el mal y la quiebra, y sin ninguna inteligencia para el bien”. Aunque Luperón ostentaba una preeminencia incontestable desde 1879, los vericuetos del ejercicio del poder se resolvían a través de su relación con Heureaux, en quien depositaba una confianza irrestricta, como se ve en la cita precedente. En ese punto Luperón demostró poca capacidad de penetración para conocer a la gente, y no por falta de inteligencia, sino por una confianza ilimitada en sí mismo y en la marcha irreversible de la racionalidad. Su confianza en Heureaux se derivaba de su capacidad de simulación, quien reiteraba constantemente la sumisión absoluta, hasta el punto de mantener una relación filial con el héroe. Al mismo tiempo, Luperón consideraba esencial la colaboración de Heureaux, considerando que tenía condiciones de mando excepcionales, necesarias para mantener la paz. En un momento, justificó la preponderancia que le otorgaba a Heureaux alegando que era el único entre sus seguidores con capacidad para manejar los problemas de poder y aplicar medidas represivas para aplastar a los líderes.

Ahí, precisamente, estaba el detalle: en medio de las proclamas de instauración de la democracia, ésta se mantenía gracias al implacable brazo del delfín. Esto no sólo revelaba al hombre violento y osado, dispuesto a todo por mantener la estabilidad del poder; además, la inteligencia de Heureaux lo situaba como el socio clave de la situación, portador deliberado del estilo oligárquico, con sus implicaciones antidemocráticas e inequitativas. Estando en Puerto Plata, ya que Luperón confiaba en la evolución armoniosa de las cosas, Heureaux estableció estrechos vínculos con los emergentes sectores comerciales y azucareros del sur, con los que construyó su propia plataforma.

choques con Heureaux

En 1880, Luperón todavía buscaba un intelectual, el sacerdote Fernando Arturo de Meriño, para la presidencia, pero quedó claro que la garantía de la situación se encontraba en Heureaux. Éste, desde su cargo de secretario de Gobernación, aplastó el levantamiento de Braulio Álvarez cerca de Santo Domingo y, meses después, la expedición de Cesáreo Guillermo por Higüey. El país quedó conmocionado por las ejecuciones ordenadas por Heureaux, en una acción tan despiadada como las que habían valido el repudio a los rojos, que se consideraban ya superados. Quien más insensible se mostró a la ola de críticas al gobierno fue Luperón, al punto que, al año siguiente de la matanza de Higüey, propuso a Heureaux para presidente.

Gran parte de la opinión pública, especialmente los jóvenes cultos, tomó antipatía hacia Heureaux y la extendió hacia Luperón porque lo consideraban partícipe y cómplice de sus ejecuciones. Retrospectivamente, Luperón, después de haber denunciado a Heureaux como criminal, evaluó favorablemente su primer gobierno. Por el contrario, otros vieron el germen de un nuevo autoritarismo, encabezado por un sujeto altamente peligroso y propenso al uso despiadado de la violencia. A partir de 1883 no hubo duda para casi nadie de que, con Luperón ausente en Europa durante largos períodos, el verdadero factor de poder estaba en manos del presidente. Además, también era obvio que se había instaurado una práctica corrupta. Para las elecciones de 1884, el Delfín inició un sordo cuestionamiento a la hegemonía de Luperón, quien terminó apoyando la candidatura de su amigo Segundo Imbert, pese a su manifiesta falta de condiciones para el cargo. Heureaux aprovechó la posición de Meriño, quien, como expresidente y por razones regionalistas, se sentía con la fuerza de impulsar a su amigo Francisco Gregorio Billini.

Billini era un candidato mucho mejor que Imbert, pero fue objeto de la manipulación de Heureaux. El delfín llegó al límite de utilizar su condición de presidente para provocar el fraude electoral de 15.000 votos que le dieron una mayoría ilegal a Billini. Desde que asumió la presidencia, comenzó a recibir presiones de Heureaux, quien llegó a sugerirle a Luperón que podía deponerlo en cualquier momento. Billini intentó mantener la independencia personal, por lo que sufrió las intrigas del delfín. Cuando, en respuesta, Billini autorizó el regreso al país de los exiliados, entre ellos el ex presidente Guillermo, su amigo personal, con el fin de debilitar a Heureaux, promovió una situación de enfrentamiento y desobediencia. En esa empresa obtuvo el apoyo de Luperón, quien aportó la gota que colmó el vaso y obligó al honesto luchador azul a renunciar.

A partir de entonces, los errores de Luperón se fueron en cascada, situación que revela que no estaba preparado para enfrentar la degeneración oligárquica del proyecto gestado por él mismo e impulsado por el sujeto que había sido merecedor de su mayor confianza. Los problemas que implicó la conversión de la mayoría de los políticos azules en adeptos a la línea de Heureaux desconcertaron a Luperón. Quizá a raíz de esta situación, Luperón se propuso después enderezar su base social, pese al alto costo que ello tuvo para su prestigio.

La parte más dramática del conflicto se produjo cuando tomó conocimiento de las intenciones de su delfín, al comprobar el fraude contra Imbert y las operaciones de asedio contra Billini. Con ocasión de las elecciones de 1886, se produjo un dilema inevitable, dadas las aspiraciones de Heureaux. de suceder a Alejandro Woss y Gil, quien ocupaba la presidencia interina tras la renuncia de Billini. En esta ocasión, Casimiro Nemesio de Moya –un joven político vegano– recibió el apoyo de casi todo el conglomerado azul de la zona del Cibao. Tal vez Luperón todavía hubiera podido frenar el ascenso definitivo de su ex lugarteniente, pero lejos de hacerlo lo apoyó en las elecciones. Sabiendo que se había producido un nuevo fraude electoral, consciente de que Moya contaba con el apoyo de la mayoría del país, Luperón aseguró que Heureaux había ganado con holgura y aceptó el cargo de delegado del gobierno en el Cibao, en el que debía dirigir parte de las operaciones militares contra los partidarios de Moya, que tomaron las armas en protesta por el fraude. Desgraciadamente, los jóvenes con las más auténticas convicciones democráticas se colocaron en el lado opuesto de la barricada, entre ellos su cuñado Félix Tavárez, por quien sentía un ardiente cariño, caído en los combates.

Revolución de 1886

Estatua ecuestre de Gregorio Luperón en el Malecón cerca de la fortaleza de San Felipe.

Nada más acabar la guerra civil, a finales de 1886, Luperón retiró el apoyo que había dado a Heureaux, señal de que daba pasos erráticos. Más tarde optó por marchar a Europa, aquejado desde el principio de graves problemas de salud y quizá con la esperanza de escapar de un conflicto inevitable. Cuando regresó en 1887, se encontró con una situación que consideró intolerable, pues se había iniciado una persecución abierta contra todos los que se opusieran a la preeminencia indefinida del nuevo tirano. Heureaux se manejó con tanta habilidad que, para ganar tiempo, animó a Luperón a presentar su candidatura, dándole seguridades de que lo apoyaría. Era el cálculo del felino agasajar a su víctima. Al poco tiempo, cuando Eugenio Generoso de Marchena regresó de Europa con un anticipo del primer préstamo de Westendorp, Heureaux comprendió que le sería factible sobornar a muchos seguidores de Luperón, y reiteró lo que había hecho dos años antes con los de Moya. Hasta hace poco, Luperón había considerado factible desalojar a Heureaux del poder por la vía pacífica, aunque debió mostrarse escéptico ante las garantías que éste le brindaba. En teoría, él seguía representando la incuestionable autoridad moral del conglomerado liberal, pero Heureaux la había socavado y tenía pleno control de la fuerza armada. Por tal motivo, Meriño y otros dirigentes azules, que en conciencia simpatizaban con Luperón, le aconsejaron que se retirara, dada la evidente voluntad del “elemento oficial” de permanecer en el poder a cualquier precio. Como era de esperar, tan pronto como los Heureaux aceptaron su nominación, se desató una campaña de intimidación.

Luperón se enfrentó a las circunstancias más tristes de su carrera. Se encontró con una sociedad sometida a un nuevo tirano que se ocupaba de desconocer los valores y tradiciones patrióticas. Luperón pesaba poco en comparación con la maquinaria gubernamental construida en los últimos años. Por momentos, como él mismo señala, se descorazonaba ante el amargo resultado de 30 años de luchas. Incluso cuando comenzó el enfrentamiento entre el maestro y su discípulo, el primero tenía un séquito visible de seguidores que le reiteraban su confianza. Pero muchos de ellos sólo aceptaron involucrarse en las tareas de la campaña electoral con la condición de que les dieran sueldo. Luperón tuvo que trabajar duro, gastando más de 70.000 pesos en esos meses, lo que lo dejó en la ruina. Algunos de sus hombres de mayor confianza ya eran confidentes de Heureaux y, a posteriori, consideró que se quedaban con él para espiarlo, como asegura que hizo Federico Lithgow, a quien más tarde calificó como un modelo del sinvergüenza. Imbert, otro de sus íntimos, ya era vicepresidente de Heureaux y decidió discretamente traicionar la lealtad de Luperón.

Al parecer, los ideales de la democracia se habían hecho añicos entre la casta militar de los azules, ya que casi la totalidad de sus miembros se sumaron a los propósitos del hombre fuerte. Los intelectuales, por su parte, salvo contadas excepciones, decidieron no presentar oposición a Heureaux, por considerarlo como una especie de mal necesario, que a la larga traería la paz y el crecimiento económico. Algunos de ellos –como Manuel de Jesús Galván– brindaron apoyo a Heureaux. Otros aceptaron colaborar esporádicamente y a distancia, como era típico de Emiliano Tejera. En el fondo compartían los contornos esenciales de la modernización oligárquica, expresión de la evolución a la que se sometía el liberalismo. Los amparaba, además, la certeza de que el país no podía permitirse nuevos movimientos revolucionarios, por lo que era necesario someterse al despotismo.

Quienes no triunfaron en nada fueron los menos, y casi todos permanecieron en una situación pasiva. No rompieron vínculos personales con Luperón, a quien siguieron respetando, pero cesaron los tratos políticos con él. Quienes mantuvieron una postura de resistencia fueron obligados a expatriarse o sufrieron los rigores de la prisión. A los pocos años de instaurada la dictadura moderna, una parte considerable de los opositores exiliados regresaron derrotados al país y algunos renovaron su amistad personal con Heureaux, como Casimiro de Moya, o se convirtieron en sus admiradores, como el nuevo sociólogo José Ramón López. Se contabilizaron aquellos que permanecieron fieles a los ideales originales y a quienes los encarnaban.

Luperón intuyó que algo profundo había cambiado en el terreno ético, por lo que se sintió sumamente desilusionado. Resumió este cambio en la estima por el dinero y la consiguiente relegación de los ideales nacionales. Visualizó un futuro sombrío, aunque no pudo conectarlo con el saldo de la modernización oligárquica, sino que lo limitó a la acción corruptora del tirano:

Hoy la nación ha perdido principios y sentimientos, sin los cuales la libertad desaparece. Hoy el amor del país es una carga en el fondo del bolsillo; antes se usó grabado en el corazón. Muy pocos piensan actualmente en el futuro, y parece que creen que la tiranía que los humilla y los subyuga no tendrá fin, sostenida por la perversión de los grandes sentimientos populares; y como si el país y el patriotismo fueran una quimera, corren tras el opresor para vender sus derechos y libertades, con los cuales los estúpidos tienen la satisfacción lógica de su base. La concupiscencia supera cualquier otra consideración. Fraude en todas las empresas es la regla, en lugar de la excepción. En política se engañan, sin que ninguno de ellos tenga el coraje de protestar contra la infamia.

No le parecía que valiera la pena intentar oponerse por la fuerza de las armas a la naciente tiranía. Seguramente percibía que el enfrentamiento arrojaría un saldo favorable a su enemigo, que aprovecharía el acontecimiento para presentarlo como una expresión anacrónica del espíritu revolucionario que tanto daño había causado al país y que amenazaba con impedir los logros materiales de la actual era de paz. Como se puede inferir de la lectura de sus cartas, Luperón estaba atrapado por la exigencia de mantener la paz a cualquier precio. Por ello resistió la presión de los “jóvenes” de Puerto Plata y otras ciudades del Cibao, que lo instaban a declarar la rebelión. Luperón comprendió que sólo podía contar con seguridad con los “jóvenes”, pero no compartía sus concepciones radicales, e incluso desconfiaba de ellos por su falta de experiencia política.

Mientras su grandeza estaba en juego, decidió perseverar en la lucha por los principios que siempre había defendido. Como era costumbre, tendría que enfrentar el exilio y las miserias que éste conllevaba. A principios de 1893, quienes mantenían la beligerancia contra el dictador se agruparon en torno a Luperón, quien obtuvo el apoyo del presidente haitiano Florville Hyppolite. Decenas de exiliados se concentraron en Cabo Haitiano para poder cruzar la frontera. Participó prácticamente todo el exilio, con Ignacio María González y Casimiro de Moya a la cabeza. Entre los exiliados que se involucraron en este proyecto sobresalieron Eugenio Deschamps, Agustín Morales, Pablo Reyes, Pablo López, Juan Vicente Flores y Horacio Vásquez. Tras algunas acciones en la zona fronteriza, la presión de Heureaux provocó que el gobierno haitiano les retirara el apoyo y los expatriados tuvieran que dispersarse entre los países cercanos.

Exiliado final

Busto de Gregorio Luperón en el Parque de la Independencia

Por el año 1895, el general Luperón comenzó a quejarse de una neuralgia en una de sus muelas inferiores y se la extrajo, pero la cavidad donde se le extrajo la muela no se había codificado ni cicatrizado, lo que le provocó una infección. Posteriormente, sus pies comenzaron a hincharse, por haber pasado meses sentado mientras escribía su autobiografía, según dijo su hija en ese momento, y había estado bajo medicación de los médicos de Saint Thomas. En 1896, el doctor Mortensen le había explicado su grave situación médica, a lo que Luperón le dijo que si iba a morir en pocos días, quería saber cuánto cobraba el médico por un embalsamamiento para que su cuerpo fuera enviado a Puerto Plata. Hasta ese momento, no se le había ocurrido regresar a la República Dominicana mientras Ulises Heareaux fuera presidente.

Mientras Luperón permanecía en Santo Tomás, se concentró en escribir las Notas autobiográficas y las Notas históricas, texto a lo largo del cual resume el dilema no resuelto entre el desencanto y la seguridad en las viejas certezas. A pesar de la enfermedad y de los dilemas existenciales que lo atravesaban, trabajó con rapidez, como si estuviera inmerso en el campo de batalla habitual: en 1895, publicó el primer tomo y en cada uno de los dos años siguientes aparecieron el segundo y el tercero. El primer tomo fue confiscado por orden del dictador, pero al ver su contenido algo inocuo, decidió dejar circular los siguientes, en los que se atacaba furiosamente tanto a la dictadura como a su persona.

En diciembre de 1896, en un gesto de gratitud por su servicio anterior, Heareaux fue a visitar a Luperón en Saint Thomas, olvidando su rivalidad y ofreciendo llevar a Luperón con él de regreso a Puerto Plata. Luperón acepta, pero se niega a regresar en el mismo barco que Heareaux y viaja en un buque alternativo.

Muerte

Antigua tumba de Gregorio Luperón.

El 15 de diciembre de 1896, Luperón zarpó de Saint Thomas con destino a Puerto Plata y llegó al puerto de Santo Domingo muy enfermo, permaneciendo a bordo. El presidente Heareaux lo visitó a bordo y le proporcionó un médico extranjero llamado Dr. Fosse para que lo asistiera en San Felipe de Puerto Plata, quien cuidó de Luperón durante los últimos 5 meses de su vida. Durante esos meses estuvo postrado en cama y antes de exhalar su último suspiro el 20 de mayo de 1897, dijo: "Los hombres como yo no deben morir acostados", y mientras intentaba levantar la cabeza, falleció a las 9:30 p.m. en su amado lugar de nacimiento, Puerto Plata.

Legacy

Aeropuerto Internacional Gregorio Luperón

El pueblo de Luperón a 50 km al oeste de Puerto Plata, el Aeropuerto Internacional Gregorio Luperón en Puerto Plata, una estación de metro en Santo Domingo y la Escuela Secundaria Gregorio Luperón de Matemáticas y Ciencias. La ciencia de Nueva York lleva su nombre.

Su antigua casa fue renovada y convertida en la Casa Museo General Gregorio Luperón, que muestra su vida a través de diversas exposiciones.

Véase también

  • Guerra de Restauración Dominicana
  • Segunda República Dominicana
  • Ulises Heureaux
  • Eugenio Maria de Hostos
  • Ramón Emeterio Betances
  • José Martí
  • Juan Pablo Duarte
  • Confederación Antilleana

Referencias

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Oficinas políticas
Precedido por
Cesáreo Guillermo
Presidente de la República Dominicana
1879–1880
Succedido por
Fernando Arturo de Meriño
Precedido por
Ulises Francisco Espaillat
Vicepresidente de la República Dominicana
1865-1865
Succedido por
Benigno Filomeno de Rojas
Oficinas políticas
Precedido por
Ulises Francisco Espaillat durante la Guerra de Restauración Dominicana
Vicepresidente de la República Dominicana
1865
Succedido por
Benigno Filomeno de Rojas
Precedido por
Cesáreo Guillermo
Presidente de la República Dominicana
1879-1880
Succedido por
Fernando Arturo de Meriño
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